Títeres, gigantes, cabezudos

Hemos estado entretenidos unos días con la farsa sobre si unos titiriteros enaltecen el terrorismo al manejar un muñeco de trapo que representa a un policía corrupto, el cual incrimina a una víctima, también de trapo, mediante la colocación de una pancarta que asocie a la víctima con el terrorismo.

Linchamiento de Judas en Ciudad de México, 1909. George Grantham Bain collection

Linchamiento de Judas en Ciudad de México, 1909. George Grantham Bain collection

Para los propósitos de este blog, el caso me trae dos cosas a la memoria. La primera, la tradición de usar el carnaval como momento de sátira colectiva desenfrenada, con formas políticas incorrectas y rituales de destrucción. Injuriar, mantear, apalear, quemar y enterrar peleles – o  animales – a los que se acusa de todos los vicios del año anterior, para que la comunidad pueda entrar limpia a la cuaresma, ha sido parte los rituales de carnaval de media península ibérica y América Latina.Ahora bien, eso era cuando los carnavales no los organizaban los ayuntamientos y el moderno modelo urbano no se había impuesto sobre las tradiciones anteriores.

En el Portugal del siglo XIX lo he encontrado a menudo. Cada vez que el carnaval, o la fiesta del Judas, coincidían con un momento de conflicto, era muy común que el pelele a destruir encarnase a algún político del momento. Normalmente las autoridades dejaban celebrarse el ritual, por injurioso que fuera. Y parece que era mejor así. Cuando en el Oporto de 1867 quisieron impedir el juicio y quema en efigie de un diputado, la intervención de la Guardia Municipal para dispersar el cortejo provocó tres días de correrías.

La segunda memoria, un artículo de David Graeber sobre la fijación de la policía estadounidense con los gigantes y cabezudos que a menudo acudían a las protestas antiglobalización:

Es justo decir que el americano medio sabe dos cosas sobre las protestas antiglobalización. La primera, que a ellas acude a menudo gente vestida de negro que rompe escaparates; la segunda, que también participan coloridos gigantes y cabezudos. Comenzaré preguntándome por qué estas imágenes en particular parecen haber calado en la imaginación popular. Y también quiero preguntarme por qué, de los dos, la policía en América parece odiar más a los segundos.

Como muchos activistas han observado, las fuerzas del orden en Estados Unidos parecen tener una aversión profunda a las marionetas gigantes. A menudo la estrategia de la policía pasa por intentar capturarlas incluso antes de que salgan a la calle. Por ello, una preocupación para los activistas es esconder a los cabezudos para que la policía no los destruya en un ataque preventivo. Además, para muchos policías al menos, el problema con las marionetas no es estratégico, sino personal, incluso visceral. Los polis odian a los títeres. Para los activistas, ese odio es difícil de comprender.

David Graeber, “On the phenomenology of giant puppets: broken windows, imaginary jars of urine, and the cosmological role of the police in American culture” aquí completo

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