Barricadas en Berlín, 1848

Los historiadores sociales y culturales se contorsionan ante las fanfarronadas de quien dice que, con un poco de arte y decisión por parte del oficial al mando de las tropas disponibles, la Revolución Francesa, por ejemplo, no hubiera sucedido: no se habría tomado la Bastilla, el rey no habría sido llevado a Versalles…

Mas allá de la fanfarronada, la pericia o impericia en el manejo de la coerción organizada puede cambiar el resultado de episodios históricos cruciales, lo que hace que esta dimensión no pueda ser dejada de lado en ningún relato histórico. Al tiempo, la sensibilidad social ante la coerción, que es contextual y variable, hace que la mera eficacia en una operación de control de multitudes no cierre necesariamente la secuencia histórica de una situación de crisis, sino que tiene muchas probabilidades de abrir nuevas fisuras, desplazar los objetos de confrontación e, incluso, profundizar la propia crisis.

Estaba reflexionado sobre estas cosas –deformación profesional– mientras leía Iron Kingdom, la muy recomendable historia de Prusia de Christopher Clark. Dejo aquí una traducción rápida de los trechos en los que da cuenta de las prácticas de control de multitudes en la década de 1840 y de  los episodios revolucionarios de Berlín, en marzo de 1848. En dos días de barricadas murieron unos 300 insurgentes y unos 100 soldados y oficiales:

En toda Prusia, pero especialmente en Renania, a las tropas también se las odiaba por su papel policial. […] la debilidad de la policía civil significaba que las autoridades prusianas se veían a menudo forzadas a recurrir a los militares como medio para restaurar el orden. En caso de tumultos serios, los pocos gendarmes locales evitaban exponerse y aguardaban a que llegara la asistencia militar, un tiempo durante el cual la multitud, sintiendo su poder, tomaba la iniciativa — esto es lo que sucedió en Peterswaldau y Lagenbileau en 1844. A falta de técnicas matizadas de control de multitudes, los militares al mando tendían a pasar abruptamente de las advertencias verbales a las cargas de sable, o a la fusilería. Esto no era algo específicamente prusiano, pues también en Inglaterra y Francia era habitual que se usaran unidades militares para restaurar el orden. […]

[en febrero de 1848 en Berlín] se montaban diariamente mítines políticos en las llamadas “tiendas”, un área del Tiertgarden dedicada al entretenimiento al aire libre. Estos encuentros habían comenzado de modo informal, pero pronto tomaron los contornos de un parlamento improvisado, con votaciones, resoluciones y elección de delegados, un ejemplo clásico de la “democracia de la asamblea pública” que se desarrolló en gran cantidad de ciudades alemanas durante 1848. […]

Alarmado ante la creciente “determinación e insolencia” de las multitudes que circulaban por la calle, el jefe de la policía, Julius von Minutoli, pidió el 13 de marzo la llegada de nuevas tropas a la ciudad. Esa noche, varios civiles murieron en choques en torno al palacio. La multitud y los soldados se convirtieron en antagonistas colectivos en una lucha por el control del espacio de la ciudad. […] la multitud temía a las tropas, pero se sentía atraída por ellas. Las buscaba, las incitaba y las provocaba. La tropa tenía sus -propios y elaborados rituales. Cuando se enfrentaba a súbditos desobedientes, estaba obligada a leer en voz alta la ley de motines de 1835 tres veces, después tenía que emitir tres señales de advertencia con el tambor o la trompeta, y sólo después de este procedimiento se podía dar la orden de atacar. Como muchos de entre la multitud habían servido en el ejército, esas señales eran casi universalmente reconocidas. La lectura de la ley de motines solía recibirse con silbidos e interjecciones. El redoble del tambor, que señalaba la inminencia de una carga, tenía un efecto disuasor más fuerte, pero éste era generalmente temporal. Repetidamente durante los enfrentamientos de Berlín, las multitudes forzaban a las tropas a que repitieran el procedimiento de advertencias una y otra vez. Primero las provocaban, pero se disolvían cuando se llegaba al redoble del tambor, aunque sólo para juntarse otra vez un rato después y recomenzar el juego.

El ambiente de la ciudad estaba tan envenenado que los hombres en uniforme que caminasen solos o en grupos pequeños estaban en serio peligro. […]

El liderazgo militar y político no se ponía de acuerdo en cómo actuar ¿tacto y concesiones políticas, o un ataque abierto contra los insurgentes? […] La balanza se desequilibró cuando se supo que en Austria Metternich había caído después de dos días de movilización revolucionaria en Viena. El 17 de marzo el rey accedió a publicar una serie de decisiones reales anunciando la abolición de la censura y la introducción de un sistema constitucional para el reino de Prusia. […]

El ambiente se hizo festivo, eufórico, y resonaban los vivas por al ciudad. La multitud, densamente reunida al cálido sol de la primavera, quería contemplar al Rey. […] la mayor parte de la gente congregada en la plaza no podía oír ni al Rey ni a sus ministros, pero copias impresas de sus decisiones circulaban entre la multitud y una oleada de vivas tras otra hacía vibrar la plaza.

Sólo había una nube negra en el horizonte de la multitud: bajo los arcos de las puertas de palacio se veía una linea de tropas. A la vista de este enemigo familiar, el ambiente comenzó a enrarecerse. Se produjeron algunos pánicos en los extremos, donde la gente temía ser empujada contra los soldados. Comenzó un nuevo canturreo: “¡soldados fuera, soldados fuera!”. La situación en la plaza parecía a punto de derrapar. Hacia las dos de la tarde el rey transfirió el mando sobre las tropas de la capital del comedido Pfuel al más agresivo Prittwitz y ordenó que se despejara la plaza para “poner fin al escándalo”. Se intentó hacerlo evitando el derramamiento de sangre: la caballería debía avanzar a paso de marcha sin desenvainar las espadas. Pero la acción generó nueva confusión. Un escuadrón de dragones fue empujando a la multitud, pero sin conseguir dispersarla. Controlar a los hombres era difícil, porque el ruido era tan intenso que no se podían oír las órdenes. Algunos de los caballos se asustaron y empezaron a recular. Dos hombres cayeron cuando sus monturas perdieron pie sobre el empedrado. Sólo cuando los dragones levantaron sus sables y amenazaron con cargar, la multitud abandonó el centro de la plaza.

Para dispersar a algunos grupos numerosos que todavía estaban concentrados aquí y allá, acudió un pequeño contingente de granaderos. En una escena confusa los granaderos dispararon dos veces, sin herir a nadie, pero la multitud, pensando con sus oídos, estaba convencida de que las tropas habían disparado sobre los civiles. La noticia de esa perfidia corrió como la pólvora. El surrealista intento de palacio de corregir esta mala información mediante dos civiles que recorrían las calles llevando una gran pancarta que decía “¡Un malentendido! el rey tiene las mejores intenciones” fue inútil como se podía prever.

Berlín se llenó de barricadas improvisadas con el material a mano. Estas barricadas se convirtieron en el punto focal de casi todos los enfrentamientos, que siguieron un guión similar en toda la ciudad: la infantería que avanzaba sobre una barricada era recibida con fuego de las ventanas de los edificios de la vecindad. Tejas y piedras caían desde los tejados. Los soldados entraban casa por casa. Las barricadas se demolían con artillería, o se desmantelaban con la ayuda de los prisioneros de la batalla. Además de las bajas en combate, las pérdidas de control fueron frecuentes. Hubo ejecuciones sumarias y murieron muchos inocentes junto con los combatientes. Sin embargo, tomar el control de la ciudad resultó mucho más complicado de lo que los militares imaginaban. [Tras un día y medio de combates] Prittwitz propuso evacuar la ciudad, rodearla y bombardearla hasta que se sometiera. […] el rey decidió otra cosa. Publicó una nueva proclamación “A mis queridos berlineses” pidiéndoles que volviesen al orden, a cambio de su palabra de que todas las calles y plazas quedarían libres de tropas. Al día siguiente a mediodía ordenó evacuar las tropas de la ciudad. El rey se había entregado a la revolución.

Christopher Clark Iron Kingdom: The Rise and Downfall of Prussia, 1600-1947, Belknap Press, 2006 [Versión Kindle, selección y traducción de DPC]

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