Momentos de la reflexión antidisturbios, III

“¿Acaso es admisible que una multitud tumultuosa venga a protestar contra las decisiones del gobierno o pretenda molestar mediante ajuntamientos y gritos en las inmediaciones de las cámaras?” No, no se trata del “rodea el congreso” sino de una pregunta retórica del prefecto Lépine, al mando de la policía de Paris entre 1893 y 1913. Hay un estudio excelente de Jean Marc Berlière sobre su figura, que le retrata como uno de los grandes pioneros de la modernización policial. Entre las  aportaciones de Lépine destacan sus reflexiones y dispositivos para dar vida a  una forma “republicana” de mantener el orden, es decir, que respetara al máximo los derechos y la integridad de los ciudadanos.

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Gardiens de la paix /guardianes de la paz. (C) Musée de l’histoire vivante à Montreuil. Imagen copiada de http://criminocorpus.cnrs.fr

Traigo hoy unos extractos de sus memorias, en los que cuenta como se enfrentó a manifestaciones, huelgas y amenaza de jornadas revolucionarias, buscando crear dispositivos para prevenir la degeneración de las manifestaciones en acontecimientos violentos  y evitar que las intervenciones de la policía se convirtieran en peleas cuerpo cuerpo desordenadas y, por eso mismo, brutales.

Lépine, Louis (1929) Mes souvenirs, Payot, Paris [traducción propia, extractos]

[p.128] Se ha dicho de mí, pensando que me molestaría, que yo era el prefecto “de la calle”. Hay algo de cierto en esta apreciación, y no me voy a defender.

La ley es la ley. Y si otros lo olvidan, yo tenía el deber de recordarlo. La ley exige que el orden reine en la ciudad. Y cuando ésta es la sede del gobierno, la prescripción es aún más rigurosa.

¿Acaso es admisible que una multitud tumultuosa venga a protestar contra las decisiones del gobierno o pretenda molestar mediante ajuntamientos y gritos en las inmediaciones de las cámaras? Las ceremonias oficiales se deben desarrollar en calma, protegidas contra las manifestaciones hostiles, y el buen burgués que se dirige a sus asuntos debe encontrar la vía libre y no verse expuesto a las desgracias fortuitas de una pelea callejera. Eso es lo que le sucedía en torno a 1893.

El boulangismo había dado a la población parisina, a sus elementos turbulentos, malos hábitos. Por motivos futiles se organizaban reuniones en la vía pública. Se aclamaba, se gritaba no importa qué contra no importa quién; por el placer de hacer ruido y de enfrentarse a los agentes; como esos agentes eran impopulares, se les reprochaban procedimientos groseros o torpes, algo sobre lo que el público de buena fe no siempre se confundía. Había incluso palizas brutales, y los comunistas hablaban de las mismas con conocimiento de causa. Cuando se es débil, uno se vuelve violento, es inapelable.

Mal dirigidos, mal usados, a los policías les faltaba confianza. En vez de imponerse a la multitud mediante una actitud marcial, se lanzaban a batallar contra ella, en pequeños grupos, y cuando estaban en desventaja, es natural que llovieran los golpes sobre ellos. Se les zurraba con gusto.

¡Cómo cambia el humor de París! Durante mis primeros cinco años no tuve un solo día tranquilo. Como decía, los movimientos en la calle eran frecuentes. Sin hablar de los días tradicionales que ponían en pie a la policía, la guardia y la guarnición: el 1º de mayo, la estatua Dolet, el muro de los federados… La agitación esperaba, en estado latente, y por un nada explotaba.
Hoy en día [1929] nada parecido. Han pasado más de 10 años con las calles tranquilas. Ya no hay incidentes serios, ni huelgas, ni jornadas. ¿Por qué?

No creo ni de lejos que la policía de Paris, manteniéndose firme en las tradiciones que yo le inculqué, haya desanimado a los perturbadores por constatar su impotencia. No se trata de eso o, al menos, no sólo de eso. La guerra ha cambiado el curso de las ideas. Manifestarse ya no es una necesidad. Hay hoy otras preocupaciones. Tanto mejor para la tranquilidad pública, que bien precaria era antaño.

Yo había estado reflexionando durante mis cuatro años de secretario general y había compuesto una táctica para mí propio uso que se puede resumir en un lema: ser en todas partes el más fuerte, es decir, informarme sobre las disposiciones adversas, los puntos de reunión, el objetivo de los manifestantes, llegar antes que ellos, ocupar el lugar, practicar arrestos por la negativa a circular y esperar los incidentes; en todo acontecimiento disponer de un número suficiente de agentes, codo a codo, confiados y resueltos, y de guardias republicanos, ya fuera a pie o a caballo.

Cuando una “jornada” estaba en preparación yo pedía al gobierno militar que me enviara todos los jefes de los cuerpos que iban a participar en la operación. Un día llegué a tener 42 en mi despacho, ya que hacíamos venir regimientos de provincias, y yo les hablaba más o menos de esta manera: “pase lo que pase, no utilicen la bayoneta y no abran fuego si no es por órdenes mías. Además, lo más probable es que no tengan que hacerlo, pues nunca entrarán en contacto con los manifestantes. Eso no es asunto vuestro. Los asuntos del ejército y de la policía son diferentes. Son los opuestos. Yo no debo emplear la fuerza si no en el caso más extremo, y mucho menos recurrir a la violencia; vosotros, es por ahí por dónde empezáis. Vosotros lo que tenéis que hacer es ocupar los puntos estratégicos antes que los manifestantes, para imponeros a ellos por vuestra presencia. Eso es todo. Estas son las disposiciones que tomado y así es como se va a desarrollar la jornada. Si todo va bien, habréis contribuido ampliamente y os autorizo a decirlo. Si algo marcha mal será que me he equivocado en mis previsiones y no os pediré silencio”. Los coroneles me escuchaban sin pedir explicaciones y se iban encantados. Nuestros oficiales son bravos delante del fuego enemigo, pero no les gusta asumir responsabilidades en materia civil. Y no sólo están en su derecho, sino que les apruebo. ¿Cómo vamos a exigirles cosas fuera de su competencia?

Por regla general los policías [guardianes de la paz] deben situarse en primera línea; detrás, la guardia a caballo, en caso de ruptura de la barrera para restablecerla; de plaza en plaza la Guardia [Republicana] a pie, por compañías. La tropa, como ya había dicho, tenía por destino ocupar los espacios donde los manifestantes podrían reunirse en masa, reemplazando así a la policía, que iba a intervenir en otros lugares. En la mayor parte de los casos bastaba con que se supiera que las tropas estaban preparadas como reserva, en la distancia. Todo lo que yo digo es en principio, ya que siempre hay incidentes inesperados. Hay que prever incluso las sorpresas a las que las decisiones del jefe deben acomodarse. Lo que yo exigía a los oficiales de policía era una atención constante. Nada se les podía escapar, aunque es lo que más me costaba conseguir.

Hay un sitio de París donde, en caso de manifestación anunciada, siempre pasa algo. Se trata de la plaza de la República, en la que convergen siete bulevares. Es ahí hacia dónde se dirigen las multitudes que vienen de los barrios populosos […] las gentes llegaban a la plaza como a un espectáculo y, en efecto, yo les ofrecía una representación para que no se les ocurriera dispersarse por otros sitios. Las dos explanadas de la plaza las ocupaba la tropa. Sobre las calzadas de alrededor hacía que circularan, al galope, en columnas de a 10 y a corto intervalo, escuadrones de caballería ligera, es decir, la mejor adaptada al adoquinado, que siempre previamente enarenaba. A nadie se le ocurría cruzarse con los caballos. La multitud se apelotonaba sobre las aceras y el espectáculo duraba hasta la noche. La gente decía: “vamos a ver el carrusel de Mouquin”, siendo que ese era el nombre del subdirector de la policía municipal que presidía la maniobra.

Los enfrentamientos se desplazaban así a las calles adyacentes en las que las gentes de desorden encontraban a quien hablar. En cuanto a los cortejos más espinosos, que intentaban abrirse camino hacia los bulevares, se les acosaba, empujaba y dividía de tal forma que nunca iban muy lejos.

Era en ese marco relativamente restringido que evolucionaba el día del 1 mayo, durante los años que estuvo más en boga. Era algo bien anodino, como se ve, al menos en eso se convirtió progresivamente, ya que al principio era algo más serio, al menos en la idea que se hacía el público más miedoso. Había incluso gente tan inocente como para aprovisionarse de víveres, como si esperase un asedio o acontecimientos trágicos.

[…]  así es como progresivamente pude hacer que las manifestaciones fueran cada vez más inofensivas, ya que no se trataba de suprimirlas. Pero hube de empezar por educar a la policía. Ya he dicho que el mando dejaba mucho que desear. Lo reforcé con una subdirección y cuatro comisarios de división y les encargué de aplicar mis métodos.

Yo recompensaba generosamente a aquellos que sufrían heridas en el servicio o que hubieran mostrado iniciativa. Castigaba los contactos inútiles con los manifestantes y, sobre todo, las brutalidades.

También remplacé un uniforme desgraciado por otro que daba a los hombres una presencia y un aire más militar. Eran pequeñas cosas sin coste. Lo más difícil era lograr que los jefes rompiesen con los hábitos de falta de atención que les exponían a sorpresas. Era necesario que hubiera sanciones, y yo sancionaba empezando por arriba. Era importante que se dieran cuenta de que, cuando la policía tenía que intervenir, yo nunca estaba demasiado lejos.

La Guardia Municipal, también llamada Guardia Republicana, es un cuerpo de tropa destacado de la Gendarmería que se recluta entre los suboficiales del ejército y los gendarmes. No está bajo las órdenes del prefecto de policía como los bomberos, pero puede acudir a su requisición; y como hasta entonces los prefectos la utilizaban muy poco, la costumbre era desagregar la legión en una multitud de servicios exteriores, administraciones diversas en las cuales estos militares hacían de escribas, mensajeros, bedeles, etcétera. Cuando un día necesitaba de ellos para el mantenimiento del orden, era difícil recuperar a todos esos guardias dispersos.

Y no sólo eso. Según su reglamento, sólo un oficial suyo podía estar al mando, y ahí yo no podía meterme. Unas 20 veces por año necesitaba la guardia en fuertes unidades, de pelotones o compañías. En cambio, todos los días me podía ser útil en pequeños grupos para reforzar la policía. Si estallaba una huelga del servicio de aguas, del gas, de la electricidad, ¿cuántas bocas de agua, lámparas de gas, puestos de distribución había que vigilar? Son centenares. Y yo sólo tenía 1500 hombres. Hacen falta tres hombres por cada punto. ¿De dónde sacarlos cuando todos mis guardias están movilizados frente a las incursiones de los huelguistas? Entonces creé los “paquerrettes” (margaritas) que era como llamaba a un puesto de tres hombres armados, dos guardias republicanos y un policía para mandarles, con lo que me quedaba tranquilo. Mis margaritas nunca fueron molestadas. Un día el general comandante del departamento del Sena, con la guardia bajo sus órdenes directas, quiso crearme problemas. Quiso restablecer la letra del reglamento. Yo tuve que hacer reemplazar a ese general. El Ministro de la Guerra me dio prueba de su confianza, que le agradezco. Y me dio muchas otras.

Lépine, Louis (1929) Mes souvenirs, Payot, Paris.

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