Alternativas de la modernidad

“Es a la disciplina constante de la milicia burguesa que hemos debido a menudo el restablecimiento del orden público”, escribía M. Delandine  en 1786:

En las conmociones populares, súbitamente formadas; en esos tumultos lamentables e impredecibles, la milicia burguesa se comporta siempre con una devoción que le hace honor. […] Los capitanes de la burguesía calman a unos, frenan la rabia de otros y disipan el extravío de todos. Sus rostros son conocidos, sus palabras escuchadas. Unificando con arte el ejemplo del valor con el de la moderación, calman la tormenta. El artesano furioso reencuentra su razón en la voz de quien le sostiene en sus trabajos, y así sacrifica sin pena su cólera del momento a quien cada día le ofrece auxilios y una ocupación útil”

La policía contemporánea es un producto de la transición entre el Antiguo Régimen y el liberalismo. Al tiempo, en su genealogía cuenta con numerosas experiencias de organización del control social y el restablecimiento del orden de los siglos anteriores. Es habitual buscar los antecedentes en las fuerzas que se crean por iniciativa de los gobiernos del absolutismo, vinculándolas al desarrollo de la gubernamentalización del poder público. No obstante, la configuración del mundo contemporáneo albergaba en sus seno otras alternativas, otras tradiciones, otras expectativas, que también encontraron expresión institucional en distintos países.

Durante la época de las revoluciones liberales, el recurso a las  milicias ciudadanas fue constante y dio vida a organizaciones con nombres diversos según los países (Guardia Nacional, Milicia Cívica…). A estas fuerzas locales se les incumbieron las rondas, la custodia de edificios, la ejecución de sentencias o el control de las multitudes. Y no se trataba sólo de resolver las necesidades de seguridad de una manera barata, por falta de recursos, sino que se consideraba que el armamento ciudadano era un elemento central de la organización política. Este tipo de milicias intentaban institucionalizar un mecanismo de reserva de los derechos ciudadanos frente al despotismo, a la vez que no se imaginaba ciudadano virtuoso que no estuviera dispuesto a sacrificar su comodidad y su tiempo por el bien común.

El texto que traduzco hoy es un laudatorio de la Milicia y Guardia Burguesa de Lyon escrito en 1786 por M. Delandine, bibliotecario de la ciudad, historiador de las asambleas representativas francesas y futuro representante del tercer estado en los años de la revolución – hasta ser encarcelado durante el Terror. Su texto, muy representativo del lenguaje cívico neorromano que impregnaban la cultura de la época, nos traslada a un mundo que, maravillado por la independencia revolucionaria de las colonias norteamericanas, se apoya en el pasado para asomarse al futuro.

M. Delandine escribe su trabajo con ocasión de la parada anual de la milicia, en la que ese año también se homenajeó a su comandante electo, que era al tiempo el Preboste de los Mercaderes de la ciudad. Por extensión, el autor homenajea a la burguesía de la ciudad, su patriotismo y sus valores. A semejanza de los ciudadanos de Amsterdam retratados en la Ronda de Noche de Rembrandt, los hombres probos de Lyon se enorgullecían de portar armas y velar por las libertades y la seguridad de su ciudad. En contraste con los ejércitos y las guardias mercenarias, la milicia creaba las condiciones institucionales para el patriotismo, para el desarrollo de las virtudes cívicas, en un modelo de autogobierno local que a la postre seduciría a muchos revolucionarios liberales.

Rembrandt, Ronda de Noche, 1643, Rijksmuseum, Ámsterdam.

DE
LA MILICIA Y
GUARDIA BURGUESA
DE LYON (1786)

La milicia burguesa de Lyon ofrece en su constitución un reflejo de la defensa de las antiguas repúblicas. Formada por ciudadanos, como las tropas griegas y las primeras legiones romanas, dividida en compañías particulares, ella restablece la tranquilidad en los muros de la ciudad, protege el reposo y el sueño de los habitantes y cuida de la conservación de su vida y de sus bienes.

Ninguna compañía recibe estipendio y, sin necesidad de salario, todas obedecen con nobleza y libertad a los jefes que el cuerpo por entero ha elegido. Los magistrados que la inspeccionan y el comandante superior que regula sus movimientos han adquirido ese derecho por la consideración de los servicios que han prestado a la patria. Ellos mismos son ciudadanos. Su título no es en nada ni transmisible ni hereditario; es el fruto glorioso de su reputación y sus trabajos. La venalidad avara y funesta no ha osado alterar el honor; Y no se puede decir al hijo débil y degenerado de un hombre útil: “has nacido para ser investido y convertirte en nuestro magistrado”.

Aquí el burgués, a su turno defensor de su amigo y por él defendido, contrae ese espíritu de patriotismo y de devoción que en algunas circunstancias se puede debilitar, pero en otras renace y que, creado por el propio régimen del establecimiento, nunca puede desaparecer por entero. Feliz la villa en la que el genio militar se junta al de las artes, y le comunica su energía; donde las artes, a su vez, temperan por su dulzura el exceso de rudeza que puede haber en la soldadesca, siempre algo arisca, y apta para amedrentar incluso a quienes acude a defender!

El origen de esta liga ciudadana, de esta confederación generosa y útil, remonta a más allá del siglo XIII. Sus arzobispos no eran entonces lo suficientemente ilustrados como para ser justos […] la feudalidad  reinaba en todo su furor […] [omito larga lista de agravios]

Entre nuestros muros, algunos hombres generosos se indignaron y reunieron. Por largo tiempo organizados en secreto, pronunciaron el juramento inviolable de sacrificar sus días recíprocamente para defenderse y alcanzar más felicidad.  […] En todos los barrios se elevó y brilló el estandarte de la independencia: los habitantes en armas osaron hacerse oír;  los hombres de tropa y los soldados de la curia se le opusieron, y a cada paso hubo combates, y cada día victorias. Felipe el Bello envió tropas; pero, cuando llegaron, todo estaba casi en calma; y la villa, ya más feliz, se entregó libremente a quien había escogido como señor: y no le pide, como precio de su devoción, más que serle siempre fiel, enriquecer su estado mediante su industria y conservar el derecho honorable a defenderse, así como el de guardar ella misma al soberano siempre que entre entre sus muros para disfrutar, primero,  del espectáculo de un pueblo al mismo tiempo pacífico y guerrero, laborioso y patriota, y también, de la felicidad de ser amado por él.

Ese acontecimiento notable tuvo entonces en el reino una influencia pareja a la que la revolución que en nuestros días  opera en América tendrá en este continente. La misma causa le dio nacimiento, la opresión; los mismos hombres la ejecutaron, los ciudadanos; pero fueron diferentes en sus efectos. La una consigue para una villa desgraciada el gobierno equitativo y moderado de la monarquía; la otra, protegida por un monarca justo y bienhechor [N.d.T.: Louis XVI] sustrajo América del poder de un rey. No lo dudemos, Lyon vio entonces una multitud de guerreros bravos y generosos que despreciaron la muerte para sostener los derechos olvidados del hombre. […]

Ese fue el noble origen de la milicia de Lyon. Nacida en el seno de una revolución gloriosa, siempre desinteresada, patriota y útil, el reconocimiento soberano le concedió privilegios que cada monarca siempre se ha placido en confirmar. [sigue una larga lista de estancias reales en Lyon en las que la milicia burguesa se encarga de la recepción y custodia, hasta Louis XIV]

En la misma época [fines siglo XVII?], el cardenal Chigi vino a Francia. Lyon, para recibirle, puso en pie su milicia burguesa […] Se veía, a la cabeza de los diferentes barrios, a los nombres más recomendables […]. El ciudadano distinguido por sus talentos o su nacimiento, que había consagrado sus días a sostener los intereses de su rey con las armas, o los de sus compatriotas en os tribunales, acudía con alegría a vestir el hábito militar de la patria. Se honraba y debía honrarse de mandar una tropa de amigos y ciudadanos. […]

[opinión de la época, citada] “Todos los rangos, todos los barrios, estaban perfectamente uniformados, y esa multitud de armas doradas, plumas blancas y écharpes con franjas doradas, tenía algo de grandioso, que se mostraba agradablemente a la vista […]”

Es a su disciplina constante que hemos debido a menudo el restablecimiento del orden público. En las conmociones populares, súbitamente formadas; en esos tumultos lamentables e impredecibles de una ciudad con una población tan inmensa, la milicia burguesa se muestra siempre con una devoción que le hace honor. Aquí, un tropel de furiosos que asedia la casa de la Intendencia sólo se calma por la firmeza tranquila y reflexiva de un ciudadano, a la cabeza de su escuadra de barrio. Allí, un error craso se extiende entre el pueblo, le llena de rabia y le hace tomar antorchas incendiarias; más lejos, se amotina, corre, entra en furia para zanjar juegos o  espectáculos, de los que no conoce ni el interés ni el placer; los capitanes de la burguesía calman a unos, frenan la rabia de otros y disipan el extravío de todos. Sus rostros son conocidos, sus palabras escuchadas. Unificando con arte el ejemplo del valor con el de la moderación, calman la tormenta. El artesano furioso reencuentra su razón en la voz de quien le sostiene en sus trabajos, y así sacrifica sin pena su cólera del momento a quien cada día le ofrece auxilios y una ocupación útil.

Para mantener esa disciplina y esa influencia de la milicia burguesa sobre la tranquilidad pública, el consulado, autorizado por las ordenanzas de los reyes, ha fijado un día al año para pasarle revista, y los diferentes barrios han aprovechado la circunstancia de la reunión para ofrecer a Monsieur TOLOZAN DE MONTFORT, Comandante, un testimonio de respeto y de amor que todos los órdenes ciudadanos han compartido. […]

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