Protagonismo policial

1808-2008, doscientos años de ‘kale borroka’ en Madrid. Ese podría haber sido el lema de las exposiciones conmemorativas del 2 de Mayo de unos años atrás – al menos, sería un lema más material que esa cursilería ideológica de El nacimiento de una nación. En aquella conmemoración, las autoridades invistieron a las multitudes que habían ocupado de forma violenta la calle dos siglos antes con los ropajes místicos de ser “el pueblo”. Los mismos ropajes de amplias hechuras que a los manifestantes nos gusta siempre portar, aunque sea de prestado.

Más que con el 2 de Mayo, los episodios callejeros del 15M del 2011, y ahora los del 25S, quizá se deberían entroncar con los del Motín de Esquilache de 1766, pues como aquellos expresan déficit de representación, desacuerdo con medidas económicas que traen –al menos a corto plazo- consecuencias dolorosas contrarias a las prometidas y, finalmente, centralidad en la crítica a las fuerzas de orden público, que acaban por aparecer ante los manifestantes como el rostro visible del gobierno. La idea chistosa de que la marca España es el hematoma que deja el policía en el cuerpo de los españoles es un buen retruécano, pero no debería llenar el discurso público cuando lo que parece grave, especialmente si se quiere dar algún sentido a la palabra democracia, es que la oferta política no presenta alternativas claras [quizá la ola de independentismo catalán se base simplemente en eso: es una alternativa en un mundo sin alternativas]. Volviendo a Madrid. Al final ¿qué hicieron los policías?: básicamente, permitir que los diputados y los trabajadores del congreso pudieran ir a dormir a sus casas. Una noble misión, pero algo pequeño ante los datos catastróficos de la situación económica, social y política del país.

Un manifestante gritando consignas contra los partidos que ganan elecciones e impidiendo que un representante con mandato popular pueda volver cómodamente a su casa es una minucia. Uno de esos representantes gritando “que se jodan” a los que pierden con las políticas del gobierno parece algo mayor. Cuando los manifestantes aguerridos son 300, puede que haya un problema de orden público. Cuando la percepción de muchos es que los que suman 300 son los diputados que no velan por ninguna de las promesas con las que lograron su mandato y los políticos aparecen en las encuestas como uno de los más graves problemas del país, la situación gana contornos mucho más preocupantes. Que no se desvíe el debate : la crisis no es ni un caso de desorden público (lo que hay o el caos), ni uno de represión (me pegan, luego tengo razón).

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