Momentos de la reflexión antidisturbios, II

Durante el motín de Esquilache, en 1766, una de las reivindicaciones que los madrileños movilizados presentaron al rey fue la disolución de la Guardia Walona, una tropa en la primera línea del control del orden público en la villa y corte. Según el historiador Antonio Domínguez Ortiz, esta guardia:

en un principio se compuso efectivamente de walones, es decir, de flamencos católicos; pero ya en la segunda mitad del Siglo XVIII la integraban en su gran mayoría franceses, con algunos alemanes, muchos de ellos desertores y ex-presidiarios […] su reputación era pésima. Para restablecer el orden en unas fiestas reales disparó sobre la multitud ocasionando muchas víctimas inocentes; de aquí la saña con que los atacó el pueblo y su exigencia de que fueran disueltos, primero concedida y después revocada por Carlos III” (A. Domínguez Ortiz, Sociedad y Estado en el siglo XVIII español, p. 308.)

Durante el siglo XVIII, las funciones policiales estaban poco especializadas. También era común que los regimientos destinados a misiones de orden público en las cortes europeas se rigieran por las ordenanzas militares y estuviesen formados por mercenarios extranjeros, para así prevenir que pudieran confraternizar con el pueblo y tomar partido por éste en caso de motín o sedición. Aunque esta era la tónica general, el espíritu ilustrado de aquel siglo también permitió que sugieran voces a favor de una transformación, vinculada sobre todo al prestigio que iba ganando la noción de ciudadanía. Si en un tumulto popular los movilizados no eran enemigos, sino ciudadanos que temporalmente violaban las leyes y perturbaban el orden público, lo propio del pensamiento ilustrado era insistir en la diferencia entre los fines y medios del uso militar de las tropas y los propios del uso policial.

A propósito de esto, traigo hoy algunos extractos de una breve memoria redactada en 1772 por Jean François de Bar, un oficial de la Guardia de París. Al igual que otras capitales europeas, París contaba con mercenarios suizos para la defensa de la corte, pero también con una fuerza semi militarizada con funciones más propiamente policiales. Según Bar, el trabajo de algunos oficiales pioneros había transformado lo que antes había sido una fuerza eminentemente militar, en un nuevo tipo de servicio al ciudadano. La Guardia de Paris había sido anteriormente “una masa informe de caballeros y soldados poco estimados y poco estimables, aunque su objeto fuese el mismo que hoy en día”.  Desde mediados de siglo, las medidas de disciplina cambiaron el comportamiento de los guardias, que pasaron también a presentarse como ciudadanos al servicio de sus conciudadanos. Su nueva actitud  les granjeó favor y respeto:

el Público comunica su estima y su confianza a los soldados de la guardia, que en todas sus acciones no tienen otro fin que mantener la tranquilidad del Ciudadano, por quien expone la vida; [los guardias]  en los actos de rigor indispensable que son obligados a prestar su concurso, no tienen otro interés que el interés general, que es la conservación de las leyes y el mantenimiento del buen orden.

A continuación reproduzco los fragmentos más notables de la memoria de Jean François de Bar, que en quince páginas impresas justifica su inclusión en la galería de pioneros de la reflexión antidisturbios.

Jean François de Bar 
Principios generales sobre los servicios de las compañías a pie y a caballo de la guardia de París, 1772 [selección de fragmentos]

La guardia de París, compuesta de caballería y de infantería, cumple un servicio diferente, en muchos aspectos, del de las tropas empleadas en la guerra. Las leyes de la disciplina y de la táctica tienen para este cuerpo otras aplicaciones; no es posible que se conforme a todo lo que prescriben las Ordenanzas Militares; sería incluso ridículo someter a éstas una tropa que no se reúne jamás en su totalidad y cuya composición y objeto no hacen que sea deseable esa similitud. […] Le corresponde una Táctica particular, acomodada al tipo de servicio, y a cada lugar y circunstancia.
En cuanto a la disciplina, la subordinación debe ser la misma que en las tropas de guerra; la limpieza y la uniformidad son igualmente necesarias; una tropa compuesta de hombres indisciplinados y mal vestidos, poco se hace respetar.
Si la guardia de París es susceptible de algunas diferencias en la disciplina, esto es así por la libertad que los Jinetes y los Soldados disfrutan en los días libres de servicio, durante los que disponen de si mismos absolutamente y entran en la clase de los Ciudadanos libres; hoy guardianes y mañana guardados, disfrutan para si de las ventajas que cuando en servicio ofrecen a los habitantes de la ciudad.

A esta libertad se junta la de vivir donde quieran; y esta libertad puede ser ventajosa al servicio, ya que los soldados dispersos y domiciliados en casi todos los barrios de París, están más próximos para descubrir los complots de las personas malintencionadas, y así avisar y detenerlos en su inicio.

Hace falta además que la disciplina suavice en ellos el ademán severo e inflexible que pudieran haber adquirido en otros cuerpos de tropa. Una tropa encargada de la guardia de los ciudadanos ha de ser honesta sin bajeza, brava sin temeridad, exacta sin rencor; y ha de ser también indiferente en lo que toca a su persona, para no ocuparse más que del bien público; y hace falta finalmente que todo su amor propio consista en la gloria de ser útil, y que exponga su vida perpetuamente, no para destruir, sino para defender la vida del último Ciudadano.

Un espíritu así es difícil introducirlo en un cuerpo compuesto de hombres libres, y cuando tenemos la dicha de conseguirlo, todavía hace falta mucho cuidado para mantenerlo; ése es el objetivo de la disciplina que existe actualmente en la Guardia de París y que el tiempo debe perfeccionar más y más.

En cuanto a la táctica, el fondo es común a todo tipo de tropas; establecer filas y columnas para que los soldados encuentren su sitio sin confusión, formar en divisiones iguales; saber aumentarlas, o reducirlas rápidamente según las circunstancias, y utilizar a los oficiales y suboficiales para hacerlas moverse, marchar alineadas en frentes abiertos, controlar las salidas, tratar de las comunicaciones, y sin jamás olvidar una reserva para todos los casos imprevistos.
[…]
La ejecución de los fuegos prescrita en las Ordenanzas Militares es, felizmente, la cosa más inútil en una villa. Aquí los enemigos de la sociedad son ellos mismos Ciudadanos a los que hay que saber combatir sin destruirlos.

Si durante una sedición momentánea nos vemos obligados a imponernos a una multitud desenfrenada, que osa hacernos frente a mano armada y se mantuviera firme, el fuego más pequeño sería todavía un mal demasiado grande; hay pocas ocasiones en las que no baste la bayoneta y la buena compostura de una tropa bien ordenada. En esto se exceptúan las revueltas de prisioneros criminales, cuando llegan a un cierto punto; ya que en este caso no hay nada que tratar con malvados desesperados, que si arriesgan su vida, lo hacen para librarse de la horca, y cuya evasión sería peligrosa para toda la sociedad. […]

[nota al pie:] Sólo estamos forzados a disparar cuando nos atacan vivamente con piedras, o con armas de fuego. Hay además un caso, durante un motín, cuando un jefe de revuelta excita al pueblo con sus palabras y se pone a la cabeza de los rebeldes. En ese caso el sacrificio de ese hombre, hecho a sangre fría, se impone al de todos los otros y puede salvar la vida de mucha gente; es en este sentido se puede decir que la severidad es dulzura [fin nota].

Supongamos que debo atravesar una calle que me conduce a una plaza pública, donde no sólo debo contener a una multitud desenfrenada, sino dispersarla y arrestar a algunos de los amotinados. Es necesario que llegue a esa plaza, que me establezca en ella de manera firme, y que conserve una salida, no solamente para los refuerzos que pueda necesitar, sino también para enviar a mis prisioneros a un lugar seguro, e incluso para facilitar mi retirada, por si lo necesitara […]

En todos los casos ordinarios, no tiene mucho sentido la táctica; lo que importa es el juicio de quien manda al Soldado, que decide casi todo; es necesario que llegue lo más pronto posible al lugar de la riña; que los soldados en silencio y atentos le sigan; que al llegar distinga los culpables y los arreste, si es posible sin verse obligado a combatirles; en los casos de duda, o cuando las quejas son recíprocas, es necesaria la paciencia; […] hace falta  el tiempo necesario para aclararse, para tomar partido; hace falta siempre captar cuál es la opinión del Público sobre el acontecimiento que se presenta, para que siguiéndola, si esta es justa, o manejándola, si es falsa, pueda poner a su favor a todos los espectadores y autorizarse gracias a la confianza y el sentimiento del Público, para poder imponerse con más firmeza los culpables. Se trata de una habilidad y un tacto que sólo otorga la experiencia y que a menudo triunfa mejor que todas las fuerzas reunidas.

Todos los sujetos empleados en una tropa destinada a la conservación de los Ciudadanos deben estar bien persuadidos de que su honor personal depende, al igual que de la superioridad del Servicio, de la extrema confianza que hace falta inspirar al Público; que esta confianza no se adquiere más que por la honestidad y el desinterés; […] Podemos hacernos amar mientras cumplimos nuestros deberes, es eso lo que nos otorga derechos reales sobre la estima del Público, y sobre la confianza de los Ministros y los Magistrados.

Más sobre esta memoria en:
Péveri, Patrice, “Les principes généraux du major de Bar ou la police illuminée, 1772”, en Milliot (Ed.) Les Mémoires policiers, 1750-1850 : Ecritures et pratiques policières du Siècle des Lumières au Second Empire Rennes, Presses Univ. de Rennes, 2006.

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5 responses to “Momentos de la reflexión antidisturbios, II”

  1. Julio Carbonell says :

    Esto demuestra que ya hace mucho tiempo que está todo escrito. Me encanta el fragmento: “hace falta siempre captar cuál es la opinión del Público sobre el acontecimiento que se presenta, para que siguiéndola, si esta es justa, o manejándola, si es falsa, pueda poner a su favor a todos los espectadores y autorizarse gracias a la confianza y el sentimiento del Público”.

    No conocía la fama de las Guardia Walona, sí su existencia, incluso hay una marcha militar llamada “Las Guardias Valonas”. ¿La expresión “flamencos católicos” por valones es correcta? Creía que flamencos y valones eran etnias irreconciliables.

  2. dpcereza says :

    Sobre los “walones”. En su uso actual, despista, pero la cita es textual. No sé si Domínguez Ortiz metió la pata o si, en cambio, en el uso del siglo XVIII, Flamencos eran todos los del viejo Flandes Habsburgo,independientemente de la lengua que hablaran.
    Una hipótesis a vuelapluma: al igual que Holanda es sólo una provincia de los Países Bajos (el heredero del Flandes protestante), pero a menudo se toma por el todo, a lo mejor se usaba Walonia para todo el Flandes Católico, aunque fuera sólo una provincia del mismo… y sin distinguir que había unos “flamencos católicos” que hablaban dialectos romances, mientras que otros se expresaban en dialectos germánicos. Esto es verosímil si pensamos que todavía no había llegado la era del nacionalismo, la religión era un fuente de identidades más fuerte que cualquier otra y Herder todavía no había acuñado eso de que la lengua materna era el vehículo privilegiado de la expresión del sentimiento patrio. Eso sí… esto es sólo un excurso hipotético para salvar la precisión conceptual de D. Antonio.

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