Los humos de la modernidad

Vitoria, 1977. Dispersión por la policía de la comitiva fúnebre en homenaje a las 5 víctimas de la represión de la huelga general del año anterior. Fotografía de Germán Gallego, vía Crónica Popular

Los botes de humo que dan título al blog son hoy una parte poco utilizada del arsenal de las policías españolas. Quizá sean los Mossos quienes más están recurriendo a ellos, como sucedió el 29 de marzo. Su escaso uso por los antidisturbios del Cuerpo Nacional de Policía  contrasta con su carácter habitual en otros países, pero también con su uso frecuente durante la transición a la democracia y las luchas obreras de la reconversión industrial de la década de 1980.  Algunas situaciones de peligro, intoxicaciones graves y muertes por asfixia en lugares cerrados debieron pesar para que, en la transformación de las antiguas compañías de reserva en las actuales Unidades de Intervención Policial (UIPs), ese material se fuera relegando. En 1984, por ejemplo, un bote de humo se coló en un autobús escolar, sembrando el pánico, pero la rápida evacuación evitó que las desgracias fueran mayores. En la Reinosa de la reconversión industrial, en 1987, un trabajador murió asfixiado en un garaje, mientras que en Pamplona un anciano moría intoxicado en 1994. En esa misma ciudad, la grave intoxicación de un participante en una manifestación violenta, en 1991, que le dejó graves secuelas, supuso 17 años después la condena europea a que la hacienda pública le pagara 170.000 €.

La historia del gas lacrimógeno y su uso policial está llena de sutilezas. En el primer tercio del siglo XX, la adaptación de fórmulas químicas para su uso policial representaba un salto de prestigio para los cuerpos de policía. Acababa de nacer la policía científica, con su uso de la fotografía, los sistemas de identificación antropométricos y los primeros ficheros sistemáticos de huellas dactilares. En el campo de la intervención policial para dispersar multitudes, la porra, por ejemplo, o el agua a presión, eran adaptaciones de objetos con otros usos. En cambio, la química abanderaba el matrimonio con la ciencia, con la modernidad, es decir, con los referentes de legitimidad social favoritos de los pioneros de la profesionalización policial.

El primer uso documentado de gases lacrimógenos por la policía fue en París en 1912, donde se utilizaron para rendir a unos ladrones atrincherados en una casa. Sin embargo, durante la Gran Guerra, los gases venenosos se convirtieron en uno de los iconos de la crueldad industrializada de la maquinaria bélica moderna. Tras la contienda, los fabricantes de armas químicas no tardaron en proponer nuevos usos civiles, en especial como munición antidisturbios, mientras que en Estados Unidos los oficiales de las tropas federales –movilizadas para restaurar el orden público durante los agitados años de 1919-1921–, también consideraban que las granadas de humo experimentadas en la guerra podían ser una buena alternativa a las armas de fuego (Jones, 1978).

Los laboratorios diseñaron gases irritantes en proporciones no letales que obligaban a abandonar el lugar donde se lanzaran, y máscaras de protección para los equipos policiales. También diseñaron protocolos de utilización en espacios abiertos o cerrados, y ofrecían cursillos de formación para su uso seguro. En Estados Unidos, los primeros lanzamientos de gases, en 1919, habían alarmado a la opinión pública por su capacidad de evocar los horrores de las trincheras. En cambio, para los comerciales:

“El gas usado inteligentemente, no sólo es extraordinariamente efectivo, sino el método más humano para dispersar a un grupo de amotinados, y para proteger la propiedad de los actos incontrolados de las masas”. (cit. en Jones, 1978)”

A partir de 1921 se autorizó el uso policial de gases poco tóxicos y en 1923 más de 600 policías urbanas de Estados Unidos contaban con ellos. Los medios lacrimógenos aumentaron exponencialmente la capacidad de acción policial ante huelguistas, manifestantes y amotinados, de modo que se redujo el recurso a la Guardia Nacional y a los militares (Jones, 1978).

En España, los depósitos de guerra experimentaron algunas granadas de gas durante la década de 1920 y las publicaciones policiales hacen referencia a su uso en otros países, pero el “gas policial” no se incorporó al arsenal, ni de la Policía Gubernativa ni de la Guardia Civil.

Con la proclamación de la II República en España, la reforma modernizadora de las fuerzas de policía, muy concentrada en la creación de la Guardia de Asalto, tuvo inicialmente como objetivo conseguir una policía antidisturbios eficaz y poco cruenta, especializada en el uso de armamento poco letal. Los gases lacrimógenos podían formar parte de esa nueva policía democrática:

“todos los razonamientos a favor del uso de los gases se basan en las ventajas inherentes a la labor humanitaria, tanto bajo el aspecto de reducir el número de víctimas como para no crear mártires fácilmente explotables para perturbar con contiendas la llamada lucha de clases” (Pérez Feito, 1932).

En junio de 1933 la policía desplegada en Barcelona comenzó a experimentar el uso de gases para conflictos de orden público y en la inmediata constitución de la planta de la Guardia de Asalto se organizaron 16 compañías de especialidades, entrenadas en manejar “ametralladoras, morteros y gases lacrimógenos, con las caretas correspondientes”. En Madrid los gases se estrenaron en la calle Montera “para disolver grupos revoltosos”, pero los vientos del conflicto social y político siguieron otros rumbos y, al contrario de lo que sucedía, por ejemplo, en los Estados Unidos de la Gran Depresión,  los gases no se consolidaron en el repertorio policial.

Fue durante el franquismo, a finales de la década de 1960, cuando el uso de gases lacrimógenos se incorporó de modo sistemático al repertorio represivo de la dictadura. Lo que en 1931 se había presentado como una opción humanitaria, correspondiente a los deseos republicanos de un una policía democrática, aparecía entonces como una solución técnica, basada en la modernidad y la eficacia, probablemente inspirada en  la policía francesa.

– – – continuará – – –

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2 responses to “Los humos de la modernidad”

  1. Julio Carbonell says :

    quedo a la espera de la continuación. Muy interesante

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  1. Simulacros falleros | Botes de humo - 29 de junio de 2012

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