Momentos de la reflexión antidisturbios, I

“¿Cuál es la mejor política que puede adoptar la ciudad de Nueva York? se preguntaba en  1873 el jefe de la policía, “para protegerse del mayor peligro, es decir, de la violencia de las turbas?”
La vida de esta democracia pionera, en los tiempos de la conquista del Oeste, se caracterizaba por una presencia constante de las multitudes en la calle. Marchas, manifestaciones y mítines acompañaban la vida cívica y política, pero también a menudo las movilizaciones se convertían en “motines”, en acciones violentas contra las personas o las cosas.

En todo el mundo occidental, el dilema del control del orden público en situaciones en las que los ciudadanos dicen estar ejerciendo derechos políticos ha abierto, una y otra vez, un debate sobre las formas de intervención de la fuerza pública. Sus principios, sus métodos y sus objetivos. 

No hay una fecha para el nacimiento de las técnicas antidisturbios: de la reflexión sobre las mejores coreografías; de la distinción entre una situación de dispersión de ciudadanos con derechos respecto a una de combate frente a enemigos, de la especialización de las unidades o del uso de armamento no letal. La historia de la tecnologías antidisturbios no sigue una línea recta. Hay, no obstante, una serie de situaciones en las que los responsables policiales han hecho avanzar la reflexión, se han preocupado por combinar la eficacia con la proporción, recurriendo tanto a su experiencia como a las noticias de cómo se hacían las cosas en otros lugares. Traigo hoy las propuestas del jefe de policía que se había tenido que enfrentar, sin éxito, a los motines que retrata Martin Scorsesse en su película Gangs of New York (2002).

Headley, Joel Tyler (1873)
The Great Riots of New York, 1712 to 1873, pp.10-11

¿Cuál es la mejor política que puede adoptar la ciudad de Nueva York para protegerse del mayor peligro, es decir, de la violencia de las turbas? Tenemos una policía y una milicia de la ciudad que hasta hace poco se pensaban suficientes, pero la experiencia ha mostrado que aunque sirven para restablecer la ley y el orden, responden con lentitud, sin sabiduría y siempre con el desperdicio innecesario de vidas. El dispositivo puede mejorarse mucho y sin incrementar el coste; esto es, puede adoptarse un plan más barato, sabio y efectivo que el actual. Este proyecto no se refiere sólo a los pequeños disturbios locales, que la fuerza de policía puede tratar en su actividad ordinaria, sino sobre todo a esas grandes explosiones que hacen necesario que se llame a la milicia. Tampoco queremos decir que no pueda haber exigencias en las que sea necesario llamar a los militares, o incluso pedir ayuda a los estados vecinos, pues un motín puede tomar las proporciones de una revolución, pero para esos casos la solución permanente nunca será local.

Las objeciones a confiar en la milicia urbana, que es lo que hacemos ahora cuando se amotinan grandes turbas, son numerosas. En primer lugar, se tarda en reunir a las tropas, así que la turba tiene tiempo para dedicarse al saqueo durante horas, incrementando en fuerza y audacia. Los miembros de los distintos regimientos están dispersos por toda la ciudad, dedicados a sus ocupaciones y empleos, y aunque se les avise con anticipación, se tarda mucho en  reunirlos uniformados en sus cuarteles respectivos.

En segundo lugar, los miembros se reclutan entre la masa del pueblo, y entre ellos siempre puede haber simpatía hacia algunos de los disturbios, lo que impide su eficiencia. Además, siempre dudan a la hora de disparar sobre sus amigos y conocidos.

En tercer lugar, en tiempos de paz ordinarios, estos regimientos uniformados no son las tropas más firmes ni de confianza, como se atestiguó en los motines de 1863, así como en los de Astor Place de 1849. Dudan, se apresuran, se desorganizan en los combates cuerpo a cuerpo, son fácilmente repelidos. Al comienzo de un motín, la derrota de la milicia otorga confianza y poder a la turba, resultando al final de los disturbios un sacrificio de vidas muy superior.

Finalmente, los disparos de estas tropas no suelen ser certeros, no discriminan sus objetivos y muchas veces mueren los menos culpables, o los que menos influencia tiene sobre la turba; de hecho, normalmente se mata a más gente de lo que sería necesario.

El plan más simple, más eficiente, y más económico sería seleccionar 500 hombres de entre los más valientes, experimentados y eficientes del departamento de policía, y formar con ellos un batallón separado, y entrenarlo en las maniobras, evoluciones y modos de ataque y defensa que pertenecen al trabajo en el que se van a especializar. Se les puede dar una batería de artillería para algunas emergencias y algunos de ellos deberían estar entrenados en usarla. Con una cierta señal de la campana, deberían apresurarse sin demora a su cuartel general. Una turba no debería tener tiempo para reunirse antes de que este cuerpo sólido de hombres disciplinados y de confianza cayera sobre ellos. Estos 500 hombres dispersarían a 5000 amotinados como si fueran de tiza. Serían más eficaces que dos regimientos enteros, si pudiesen reunirse, y valdrían mucho más que toda la milicia de la ciudad.

Por otra parte, los bastones son mejores que los fusiles. No hay que dedicar tiempo a cargarlos, y nunca se descargan como los mosquetes, que dejan durante un intervalo a sus dueños a merced de la turba. Su acción es incesante y perpetua, siempre que sean brazos fuertes los que golpean con ellos. También discriminan mejor que las balas, golpeando primero a los culpables. Además, incapacitan pero no matan, lo que es igual de eficaz y mucho más deseable. Finalmente, cómo estarán entrenados para un solo propósito, instruidos para un deber, la turba será su enemigo natural y, de ese modo, su simpatía con ella será casi imposible en cualquier caso.

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3 responses to “Momentos de la reflexión antidisturbios, I”

  1. Julio Carbonell says :

    Qué interesante el artículo. Me encanta que rescates artículos de las bibliotecas, las cosas no han cambiado tanto. Siempre bien documentado.

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