Provocaciones policiales

Como todas las historias de conspiraciones, manipulaciones y causalidades ocultas, la provocación policial fascina. ¿Qué se sabe de cierto sobre ella? Es conocido el uso de provocadores policiales contra movimientos políticos  –contra los republicanos franceses y los revolucionarios rusos en el siglo XIX, o contra el el Ku-Kux-Klan y los Black Panthers en los Estados Unidos de la década de 1970- pero en el caso de la provocación de violencias en manifestaciones, a pesar de las numerosas sospechas, la evidencia es más escasa.

Desde la década de 1970 numerosos estudios muestran que la propia dinámica de interacción entre manifestantes con propósitos pacíficos y un dispositivo policial mal planteado, puede dar pie a choques violentos. Se trataría, en esos casos, de una provocación no intencionada que la policía, desde su preocupación profesional y el estudio táctico, puede aprender a evitar.

Si reducimos el foco a las acciones intencionadas de la policía, el espectro de las provocaciones, como ha analizado Olivier Fillieule, sigue siendo muy amplio. Va desde ‘dejar hacer’ a unos pocos activistas violentos, para así dar cuerpo a una imagen negativa del conjunto de los manifestantes y estigmatizar sus reivindicaciones a ojos de la opinión pública, a tomar la iniciativa mediante agentes de paisano que protagonizarían directamente ataques contra las personas y las cosas para así justificar una dispersión por la fuerza de los manifestantes. En el primer caso, la policía prevaricaría al dejar que se cometiesen violencias evitables y, además, se dejaría manipular por los poderes políticos, que en principio serían los únicos interesados en deslegitimar a los manifestantes. El segundo caso podría responder a situaciones diversas: desde una agenda política particular por parte de algunos agentes o mandos policiales -así puede interpretarse en gran medida el motín policial de los sanfermines de 1978– hasta una mera decisión técnica de generar una pequeña violencia para poner punto final de manera rápida a una situación de protesta problemática -como un corte de tráfico no autorizado, o el bloqueo de un edificio público- sin asumir el coste de imagen de cargar contra manifestantes ostensiblemente pacíficos.

En la España democrática, como en otros países,  ha habido numerosos relatos de posibles provocaciones, algunos claramente desmentidos y otros más confusos. Hasta ahora no contábamos con una confesión directa como las que hay para Francia, en las que un prefecto reconoce que en algunas manifestaciones contrataban a compañías privadas de seguridad para “realizar acciones que serían embarazosas para un servicio público” (Fillieule, p.350). Hay situaciones extrañas, como el manifestante detenido que nunca entra en comisaría, sin que se sepa quién era, o el rol ambiguo de los agentes de paisano que supuestamente sólo deberían identificar o neutralizar a activistas violentos, pero que en la teatralización de su disfraz son a menudo acusados de iniciar los actos de violencia.

La publicación de una selección de extractos del Trabajo Fin de Master en Políticas Públicas de Seguridad por la UOC, del 2009, del ya célebre comisario David Piqué, de los Mossos de Esquadra, ha levantado otra vez la liebre de la provocación en varios medios de comunicación alternativos.

A diferencia de lo que parece implicar el medio que difunde el los extractos y los califica de “hoja de ruta”, si se lee con atención se comprueba que el comisario Piqué no propone esas tácticas de provocación. Los extractos no son su propuesta, sino la descripción de uno de los recursos tácticos a los que la policía puede recurrir cuando el poder político decide convertir una protesta o un movimiento social en un mero problema de orden público, cosa que no está en el espíritu de su trabajo, (aquí, completo, en catalán).

Sí es interesante, en cambio, que desde un puesto de responsabilidad dentro de los Mossos, una voz reconozca los vínculos entre provocación policial y dependencia política en los regímenes democráticos:

Lamentablemente, esta táctica no es exclusiva de regímenes totalitarios, también se da con demasiada frecuencia en muchas democracias occidentales. Quizás puede ser debido a dos factores: Una estrategia política que no considera otra opción que no sea la visión del problema como un conflicto de orden público y el otro, en la que se encarga el control de la calle y los manifestantes / activistas a unidades policiales poco disciplinadas, vengativas y provocadoras. (p.29)

A beneficio de inventario, reproduzco aquí los extractos (traducidos del catalán por google) publicados por el semanario Directa, sin que se pueda ni considerar que el comisario David Piqué apruebe esos métodos, ni saber en qué circunstancias o lugares se han aplicado:

pág. 28-29
“Incluso si la concentración o manifestación, que es lo que estamos hablando, no se prevé bastante violenta, se puede llegar a provocar un poco, con detenciones poco justificadas y nada pacíficas unos días antes para calentar el ambiente. También se pueden hacer “redadas” preventivas a los lugares donde se encuentran habitualmente personas cercanas a la ideología de los convocantes con la excusa de buscar drogas o lo que sea necesario.

La ”redada” estará especialmente mal hecha y con trato humillante para encender más los ánimos, si es necesario.

La consecuencia previsible de estos comportamientos previos y el diseño del dispositivo policial, es que acabará con una “batalla campal”.

Además de la estrategia previa, en cuanto algún grupo descontrolado empieza las acciones violentas, las unidades de policía ni se mueven y cuando la violencia empieza a ser generalizada, la actuación policial se retrasa deliberadamente hasta que los daños producidos son socialmente inaceptables. Es entonces cuando se producen las cargas policiales que en ningún momento quieren ser disuasoria, no se disimula.

Se va directamente contra los manifestantes, que ya son considerados vándalos, y se les ataca con suficiente velocidad para que no dé tiempo a la fuga y se provoque el enfrentamiento físico.

En este estadio, los manifestantes atacan a la policía con todo lo que tienen y que les ha dejado tener, realmente se están defendiendo, pero no lo parece. Han sido acorralados. La violencia entre agentes y manifestantes se desata, se personaliza y se descontrola.

Es lo que se quiere. Comienzan a aparecer víctimas inocentes – daños colaterales se dice ahora- Los que han rehuido el enfrentamiento, se encuentran con el resto de unidades policiales que los cierran el paso y que no hacen detenidos – prisioneros -, la dispersión no es voluntaria , es a golpe de defensa (porra) y cualquier atisbo de resistencia es contestada con contundencia exagerada y detenciones masivas.
[…] Lamentablemente, esta táctica no es exclusiva de regímenes totalitarios, también se da con demasiada frecuencia en muchas democracias occidentales. Quizás puede ser debido a dos factores: Una estrategia política que no considera otra opción que no sea la visión del problema como un conflicto de orden público y el otro, en la que se encarga el control de la calle y los manifestantes / activistas a unidades policiales poco disciplinadas, vengativas y provocadoras.”

pág. 25-26
“Los grupos antisistema en general, saben que, por diferentes motivos, sus acciones tienen más repercusión social y mediática si se desarrollan en ciertos espacios. Por contra, estos espacios – los más abiertos – son los más desfavorables (para los antisistema) desde el punto de vista de táctica policial. Nos referimos a l’Eixample, parte de Sants o cualquier terreno abierto que permita una rápida movilidad de los efectivos policiales.

En estas situaciones el sentimiento de frustración e impotencia de los manifestantes es muy alto y a menudo generan reacciones violentas de algunos individuos cuando son conscientes que han perdido toda capacidad de iniciativa. Estos momentos son delicados y es necesario que los agentes de primera línea eviten las provocaciones individuales o los intentos colectivos de romper el círculo.

Pensemos que los policías están a menos de un metro de los rodeados. El objetivo no es hacer detenciones, solo inmovilizar. La sensación de derrota entre los manifestantes, es muy alta y moral queda muy “tocada”. No ha habido heridos – no tienen mártires – ni tampoco detenidos – héroes -. Incluso han intentado, sin éxito, denunciar a la policía por detención ilegal o violar el derecho de circulación. Si se planifica correctamente, la fiscalía ha de estar avisada de la aplicación de esta táctica para evitar estas denuncias. Si sale bien, se ha vencido sin luchar.”

pág. 32
“Las unidades policiales especializadas en órden público comienzan a ser menos permisivas con las manifestaciones y concentraciones, que seguramente se producirán mientras dura el debate político. De todas formas, si el número de manifestantes fuera excesivo, quizás se podría aprovechar para dejar que durante el recorrido, se produzcan suficientes actos vandálicos como para intensificar el debate sobre el comportamiento antisocial del movimiento antisistema y permitir que la opinión pública vincule estos colectivos al fenómeno okupa.”

pág. 34
“Se deberá procurar la detención selectiva de los líderes para imputarles delitos comunes y evitar la condición de “martir”. A más protestas, más detenciones, hasta acabar con el poco soporte del que dispongan, sobre todo si comprueban los “privilegios” que se pueden conseguir con una adecuada integración en el sistema, sin renunciar a algunos de los postulados que los inspiran.”

Traducción vía: La hoja de ruta de un mando de los Mossos para acabar con los activistas ‘antisistema’ – otromadrid.org.

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  1. La bruma de la refriega | Botes de humo - 27 de septiembre de 2012

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